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Nuevo texto ambientado en la Guerra civil con un mensaje secreto...

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Marzo de 1945, Madrid

Tras duros días de enfrentamientos sociales y controvertidas desapariciones, muestra del desgrane de la España de los cuarenta, una vida se esfuma entre la pólvora que escupen diez escopetas injertadas a fuego en los brazos temblorosos de los oficiales del escalón más bajo del ejército franquista.

Es una la que se esfuma, y no diez, porque los otros nueve llegaron prácticamente muertos en vida, siguiendo la inercia del paseíllo previo, ese período sumamente largo para el que ya se ha despedido de todos, y absolutamente efímero para todos los demás. 

La noche devora insaciable varios matrimonios y reparte otra horneada de nuevos huérfanos como quien reparte una mala mano de naipes entre una timba de jugadores obligados a continuar la partida.

Un sol que desayuna avergonzado entre olmos y robles milenarios espabila a un Carlos deseoso de visitar a su amado Juan. Un amor prohibido en tiempos de desconfianza, rosarios y soldaditos de plomo; un amor asesino que mató a dos seres de un solo balazo: uno de ellos aún no lo sabía, pero ya estaba muerto.

Cuando llegó a la cárcel, tras varias preguntas personales "convenientemente" satisfechas, le dejaron acceder a los objetos personales del reo, entre los que encontró una carta.

De entrada no entendió del todo lo que leía. Estaba desorientado, ya que eran personas poco afines al régimen, pero no tardó en entender el mensaje oculto y se marchó para no volver.

En su viaje sin retorno pudo envolver en un hatillo su honor, su autoestima, sus derechos, su felicidad futurible, y un trocito de pan duro. Junto a ellos, tuvo que esconder su pasión, sus deseos, y sumirse en un largo sueño de más de cuarenta años.

Fingió una vida que nunca le llenó, se casó, tuvo una honorable familia en Alemania, desempeñó un trabajo bien remunerado, y, ya mayor, muy mayor, regresó en los años noventa a una España en la que la tierra sólo se removía para plantar pisos.

En un convento, en la capital, su hermana Lola aún guardaba entre sus manos aquella carta que le salvó la vida al maricón de Carlos. Dónde estaría... Dónde...

Unos meses antes de que la Átropo cortase su hilo y la mandase al infierno donde arden eternamente las almas fascistas e incomprensivas, descubrió el misterio de aquella misiva.

Querido lector, ¿serías capaz de hacer tú lo mismo?

"Querido Carlos,

lee despacio. Ten fe en mí; sin cuidado créete ciegamente todo. Nadie con dos dedos de frente lo negaría: la ley con que soñamos nos protege aquí.

Le confiesas todo a Lola. Dices cómo ocurrió todo sinceramente a los agentes. Nada ocultes. La verdad nos ayudará, la policía es de fiar.

Quien desconfía de la justa ley, de los familiares que (como mi querida Lola, esa buena hermana con quien tanto discutí) es realmente un apoyo fiel, uno de los firmes pilares de nuestra familia, merece que ellos, de quienes la virtud escapa, les dé caza en cuanto puedan, sin demora.

Cree antes de que sea tarde

Un abrazo."

26/10/2010 13:47 davidov3 #. Mis escritos

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