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Los mejillones rabiosos cacarean mientras cambia la marea

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Últimamente he pensado mucho en esas personas que forman corrillos y comentan la jugada, esas personas que se creen justas y necesarias (parafraseando al otro), que se entretienen cuestionando cada paso que dan los demás, y que (al igual que los comentaristas de los juegos olímpicos en las especialidades de gimnasia rítmica y artística) no escatiman en detalles para sacar punta de todo cuanto les rodea.

Digo "rodea" y digo bien, porque son árbitros de partidos en los que nunca han tocado una pelota, nunca se benefician de los goles de ningún equipo, nada les va en que el resultado sea uno u otro, pero inevitablemente necesitan ver para comentar...

Últimamente he visto y leído historias que me recuerdan a este tipo de personas. Se me vienen a la cabeza varios títulos que están íntimamente relacionados entre sí: El tirano, el luthier y el tiempo por una parte, fantástico cuento ilustrado; por otra parte, La vida de los otros, una magnífica película que me ha hecho pensar (y mucho) sobre ciertas formas de vivir la vida.

El cuento, del que ya hablé en otro artículo de este blog, trata la historia de un tirano que pretende dominar a sus súbditos sabiendo qué hacen en cada momento, en cada instante, segundo a segundo. Para ello pide a los inventores de su reino que le den un medio que se lo permita. Tras muchos intentos fallidos, un músico ambulante le da un metrónomo. Cada vez que él lo detenga, el tiempo se parará, y podrá visitar las casas de todos sus súbditos para ver lo que hacen, analizar lo que piensan, deducir lo que sienten... Obsesionado con el invento, fue envejeciendo a un ritmo rapidísimo, mientras los demás seguían igual (el tiempo estaba detenido a cada rato, pero sólo para ellos: para él seguía transcurriendo). En unas semanas murió de viejo.

Las redes sociales (Facebook. Tuenti...) nos permiten acceder instantáneamente a lo que hacen, dicen, piensan... personas a las que a lo mejor no vemos cada día. Esa información SIMULTÁNEA es un ardid tecnológico que nos acostumbra a tratar a nuestros contactos como si fuesen tamagochis o SIMS, ya sabéis, esas criaturas a las que hay que decir paso a paso lo que deben hacer para que no se nos mueran. 

El problema que veo en las redes sociales (y debo admitir que soy un consumidor empedernido de Facebook y Tuenti) es que fomentan el ser cotilla, el chismorrear gratuitamente sobre vidas ajenas, el señalar con el dedo y con el puntero, para meterse en un cínico juego de luces y sombras, jugando con la información que se tiene, con la que se supone que no se tiene pero se tiene, con la que se tiene pero queremos hacer creer que no tenemos...

Vaya, que lo de Radio-patio se extiende como la pólvora, y este tipo de personajes tan dados a dimes y diretes se relame las heridas cada vez que abre su muro y comienza la exploración.

Unas heridas que no se curarán nunca, porque entre sus pasatiempos favoritos está precisamente el evitar que se cicatrice ese dolor que tantos motivos le da para chismorrear. 

Es un entretenimiento sádico que me hace pensar en el castigo de Prometeo (atado en el Cáucaso por ofrecer el fuego de los dioses a los humanos, cada día un buitre devoraba su hígado, que mágicamente se regeneraba durante la noche, para ser devorado nuevamente), y en ese afán de dar pena bajo los focos del escenario, para seguir tramando entre bastidores.

La película es una preciosa fábula sobre la supresión absoluta d libertades a que lleva la dictadura del comunismo. En ella, vemos a un agente de la STASI encargado de vigilar día y noche a un escritor cuyo piso estaba lleno de micros y cámaras, con el fin de averiguar su postura ideológica. A lo largo de los días el agente va descubriendo un mundo de emociones que desconocía, empatiza con el vigilado y acaba protegiéndolo del régimen, transgrediendo las normas y asumiendo el consecuente castigo.

Una película en la que vemos a un personaje atormentado por algo que nunca antes había conocido: la duda. El no saber qué artículo consultar en la ley para solucionar un problema, el no tener a mano una directriz clara que se adapte a cada imprevisto, el no saber qué hacer ante la maravillosa impredecibilidad de esta vida que siempre nos sorprende.

Este personaje llega a enamorarse de lo que ve, llega a conocer el calor de la compañía, una compañía que le es ajena (ya que es unidireccional: ellos lo acompañan a él, que los observa, pero no hay reciprocidad). 

Este personaje rompe su cascarón de convencionalismos, deja atrás su pasado, deja atrás la piel de víbora que tan ajustada había lucido y se decide a conocer la vida en todas sus imperfecciones, con todo lo que hay fuera de guión, asumiendo lo imprevisible y verdadera que puede ser, aunque el punto de partida sea una grabación.

Es un personaje que nos hace pensar también en estos observadores, en estos Píramos que observan a través del agujerito del muro para ver si del otro lado hay vida, pero no hay Tisbe que los soporte.

Es una observación diferente, ya que no sólo no aprenden nada de lo que ven sino que se atreven (SE ATREVEN) a juzgarlo, a medirlo en la balanza de su ineptitud, a calibrarlo con la grimosa y pérfida cinta métrica que algún día robaron en el costurero de la abuela y aún huele a rancio, y ahora que lo han despellejado todo se limpian los dientes con el palillo que usaba aquel hidalgo muerto de hambre en el Lazarillo y pavonean su hambruna rodeados de hienas hambrientas.

Es curioso, últimamente he pensado demasiado en este tipo de personas. Y cuando tienes un trabajo en el que se lleva cuenta de todo lo que hace cada profesor por escrito, no asumes que para muchos esos documentos son el guión de lo que podrán comentar hoy. Y que cada día que pase habrá un nuevo documento indicando qué profes han organizado qué actividad, qué profes han faltado a clase, qué profes se han dado de baja, qué alumnos han perdido el derecho a la evaluación continua, qué alumnos nuevos se han incorporado...

Lo más llamativo de todo esto es que estas personas, con su actitud fiscalizadora, extralimitándose en todo lo que hacen, obviando lo esencial del mundo que les rodea, no forman una piña, no se hacen compañía, se limitan a compartir su soledad.

¿Qué puede unir a un león, un espantapájaros, un leñador de hojalata y una niña? Una ilusión, la búsqueda de algo que les dé la garantía de un mañana. El mago de Oz. La promesa de que aportando cada uno lo mejor de sí mismo alcanzarán la felicidad, sabrán hacerse amigos en esa búsqueda, explorarán con miradas diferentes una misma realidad, huirán a la desidia de la rutina.

Por otra parte, ¿qué puede hacer chocar como si fueran mejillones cerrados en una red a individuos de una misma especie, de una misma profesión, cacareando y gruñendo sin cesar ante lo mala que es SU vida y haciéndoles consultar papeluchos legales en los que poco o nada se ajusta a la vida? La incapacidad de cada uno de ellos de abrir su cascarón. Ese gusto por los musgos que crecen alrededor de pequeñas vetas convirtiéndolas en terribles cicatrices de guerra de las que poder presumir ante los demás moluscos, enfermizos, enfermos, rozando la locura del dolor buscado, sembrado y regado día a día, contando cuidadosamente las gotas bilis que caen desde lo más alto de su memoria hasta lo más bajo de su presente.

Mejillones plañideros, que se saben solos porque no quieren mejorar, y no quieren mejorar porque lo único que les hace sentirse especiales es la lista de desgracias que atesoran.

Bivalvos llenos de un pus rabioso, que escapan a la luz de la buena compañía porque ser uno más entre un montón no le permite a uno saberse mejor, y por ello si se distancian de la chusma y señalan con el dedo tendrán algo de lo que hablar, tendrán chistes que hacer, palabras que escupir...

¿Y mientras? ¿Qué pasa mientras?

Supongo que lo del tirano: el tiempo seguirá haciendo tictac, las horas darán paso a los años y habrá un momento crucial en el que echarán la vista atrás y dirán: ¿dónde estoy?

Y para entonces habrá sido demasiado tarde.

Yo les regalo ese precioso metrónomo, yo les permito que señalen, que murmuren, que rían a carcajadas... 

Mientras tanto, aún teniendo cámaras y micros ocultos alrededor, aún sabiendo que quizá me estén viendo mientras tecleo estas letras, sigo protagonizando mi vida, y eso es mucho más de lo que ellos pueden decir de sí mismos.

30/01/2012 13:26 davidov3 #. Mis escritos

Comentarios » Ir a formulario

gravatar.comAutor: Mejillón

Jopé!

Fecha: 31/01/2012 00:10.


gravatar.comAutor: Almeja

¿Y de nosotras las almejas nadie se acuerda? ¡Eso es machismo!

Fecha: 31/01/2012 13:50.


gravatar.comAutor: Ostra

Nosotras, a veces, llevamos una perla dentro. Es por ese peso que somos observadoras, jiji.

Fecha: 31/01/2012 23:34.


gravatar.comAutor: Núñez Feijoo

Algúns observamos dende a abundancia, é máis divertido.

Fecha: 02/02/2012 11:17.


gravatar.comAutor: The Observer

Son a man dereita de deus, quero velo todo e sabelo todo pero...dándolle o meu punto de vista, que para iso son The Observer.

Fecha: 02/02/2012 13:38.


gravatar.comAutor: Kike

Cuando una persona queda con otra y se da cuenta de que: no se tienen especial cariño, no se lo pasan especialmente bien juntos, no tienen ningun tema en común... para evitar darse cuenta, crean situaciones como lo que hablas

PD: ingeniosos comentarios anonimos porrrrrr: http://i2.kym-cdn.com/entries/icons/original/000/003/619/Untitled-1.jpg

Fecha: 07/02/2012 00:55.


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