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EVALUAR, PUNTUAR, HACER MEDIAS, CALIBRAR LOS CONOCIMIENTOS ADQUIRIDOS...

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Estas son algunas de las ideas que caen como cantos rodados en las mentes de muchos profesores por estas fechas.
Es realmente complicado reducir a diez números la totalidad de realidades académicas que nos encontramos en clase cada evaluación. Debería haber casi tantas notas diferentes como alumnos, pues un 6 puede proceder de un 7 desinflado con sanciones o de un 5 catapultado con ayudas bien aprovechadas...
Pero un 6 siempre es un 6.
Ese es el problema, el conflicto.
Los profesores fuimos alumnos no hace mucho, y uno de los errores más frecuentes es aplicar los criterios de evaluación que utilizaban con nosotros nuestros profesores. Aquello de "cuando tenía su edad sabía mucho más de literatura que mis alumnos, si es que no les exigimos nada"... eso no creo que sea del todo válido, ya que nuestros alumnos tienen muchos más frentes abiertos que nosotros con su edad: más asignaturas, más diversificación de saberes y muchas más destrezas prácticas que nosotros, ya que en aquel entonces casi todo se reducía a la todopoderosa memorización.
Hoy nuestros alumnos saben más de tecnología, de música, de plástica, pero a cambio saben menos de lengua, matemáticas o geografía.
Nosotros teníamos un máximo de diez asignaturas, ellos un mínimo de trece.
No podemos echar la vista atrás continuamente, refugiándonos en la madriguera de los recuerdos náufragos.
Nuestros alumnos reciben cada día muchas notas, muchas valoraciones, se les mide y pesa y juzga y categoriza. Ahora, con la inminente ley Wert, se les segregará por niveles socioeconómicos.
Cuando te enfrentas a la tan tediosa e ingrata tarea de la evaluación, se abren muchas preguntas:
¿acaso podrán aprobar con mi sistema de evaluación alumnos que no tengan ni idea de un campo temático completo? ¿podrán suspender la selectividad a pesar de obtener una nota muy diferente en el boletín? ¿debo valorar más el trabajo personal en clase y casa o centrarme en los exámenes? ¿debo tener en cuenta los condicionantes personales, familiares, económicos de mis alumnos o solo debo ceñirme a las pruebas? 
Si un alumno ya sabe mucho de mi asignatura al principio del curso, ¿debo exigirle más para favorecer que su aprendizaje sea más enriquecedor o debo pedirle exactamente lo mismo que a los demás, arriesgándome a que no aprenda nada nuevo conmigo?
Evaluar debe ser un ejercicio de reflexión posterior al ejercicio de corrección de las pruebas, de tal modo que exista un margen de ajuste entre el primer momento y el segundo.
Si me ciño al examen y me limito a sumar y dividir, entonces ¿para qué nos reunimos en las reuniones de evaluación?
Debo partir de una información lo más objetiva posible para poder examinar cada caso, y una vez que valore la situación del alumno, su evolución en este curso, su trabajo diario, su interés, su rendimiento, etc, entonces reajustar la nota de acuerdo con un código ético lo más estable posible.
Ser "estricto" no es lo mismo que ser "justo".
La justicia consiste en dar a cada uno lo que merece, de acuerdo con un código deontológico, no en dar a todos lo mismo.
Porque no todos trabajan lo mismo, ni se esfuerzan lo mismo.
El profesor estricto, aquel que se limita a copiar la nota obtenida en el examen y volver a copiarla en las actas, sin pararse a pensar en cada caso concreto, cobra injustamente una nómina dejándose en el tintero el proceso más complejo del oficio del enseñante: estricto y estrecho son palabras que tienen la misma raíz, y no es casual. 
Lo estricto no deja margen de calibrado, no deja lugar para las excepciones, no permite ajustarse a la diversidad que realmente hay en un aula.
Otra cosa diferente es ser firme, ecuánime.
Luego acaban dándose situaciones de lo más complejo: pongas la nota mínima que pongas siempre aparecerán muchos alumnos limítrofes, de esos que se quedan justo por debajo del límite, y dan lugar a un debate sobre lo acertado o no de su elección.
Cuando un alumno aprueba todas menos una en un curso que cierra una etapa (4º ESO, 2º bachillerato) corremos el riesgo de no evaluarlo con justicia si nos empeñamos en compararlo con aquellos que suspenden más de una con la misma nota.
La reunión de la junta evaluadora tiene como objetivo crear un espacio de reflexión, de contraste, de comparación, en el que cada profesor da su visión de cada alumno, intentando ser lo más justos posibles.
Poner una nota es fácil, justificarla es otra historia.
Y para eso hay que buscar un sistema flexible pero estable, con margen de ajuste y con parámetros lo más claros posibles. No podemos pedir que diez números sean el fiel reflejo del esfuerzo de tantos y tantos alumnos diferentes.

28/05/2013 11:16 davidov3 #. TramPPas de la Xunta

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