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Breve relato sobre un Don Juan nostálgico y treintañero

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BREVE RELATO SOBRE UN DON JUAN NOSTÁLGICO Y TREINTAÑERO

Ya no tengo ninguna duda: se acabó. Lo nuestro es imposible. Caput.Debo admitir que tardé en darme cuenta: al principio todo era nuevo, fresco, revitalizante; cada día que pasábamos juntos era más intenso que el anterior, todo eran descubrimientos, sorpresas: la promesa tácita de que podríamos estar hechos el uno para el otro y que tan sólo por un capricho del azar nos habíamos encontrado. Tropezado, más bien. Ocurrió aquella tarde de verano, tan extraña y a la vez tan embaucadora. Ya hacía tres meses que I. y yo lo habíamos dejado.Me sentía entre libre y desdichado, todo a un tiempo: al finiquitar aquella relación recuperé algunas de las renuncias más dolorosas que me había visto obligado a asumir para estar juntos. Eso me llenaba de vida, de energía: saberme soltero y libre, capaz de intentarlo con cualquier otra chica sin los remordimientos que arrastra la deslealtad.Pero había algo en mí que iba poniendo cada vez más pocho: quizá los domingos solitarios, siempre sarcásticamente soleados en medio de un cielo harapiento, lleno de nubes hechas girones. Quizá las noches en que regresaba sobre mis huellas a casa envuelto en la soledad del elefante que ha olvidado dónde estaba aquella vieja charca que saciaba su sed en épocas de sequía. Quizá el insultante poder del contraste amoroso: en cuanto uno se queda solo otra vez, parece que todos sus amigos empiezan a emparejarse y que las chicas dejan de ver algo aprovechable en ti. Sin embargo, cuando uno empieza una nueva relación parece que se recalificaran los terrenos y muchas mujeres empiezan a insinuársenos. No sé. La vida en solitario no se me da bien. Necesito compartir la cama, despertarme con alguien al lado, sentir otra respiración cerca. Me encantan las cenas a dúo y salir de copas hasta altas horas de la madrugada. Llevo mal llegar a casa y que no esté exactamente como yo la dejé, pero prefiero eso al eco de mis pasos en el salón, con la tele aún encendida, restos de comida en el sofá y tres o cuatro cubatas casi terminados repartidos a lo largo de la casa. La libertad que te concede la soledad no compensa el vértigo de los acantilados que se abren ante ti. Y cuando I. y yo lo dejamos, todo este remolino de ideas apresó mis sesos y comenzó a hacerme delirar. Ocurrió aquella tarde de verano, tan extraña y a la vez tan embaucadora. Nos conocimos de casualidad: me había quedado sin hielo y bajé a la gasolinera. Cuando llegué allí el empleado de siempre no salió a atenderme, así que salí del coche y entré. No había nadie a la vista. En cinco minutos noté cómo algo se movía al fondo del establecimiento: comenzaron a caer unas bolsas de Doritos y entonces la vi: tan guapa, tan misteriosa, con esos ojillos pequeños y redondos buscando auxilio alrededor, con las manos atadas a la espalda y una mordaza torpemente atada tras su cuello. Se arrastraba como un gusano a lo largo del corredor. Me acerqué a ella y la liberé. Me explicó que era su primer día como encargada de la gasolinera y que habían entrado a robar. El resto no hace falta contarlo. Cuando terminó su turno de esa tarde la fui a buscar, la invité a cenar y para mi sorpresa quedamos. Primera cita, primer polvo. Un diez. Ahí comenzó una fantástica relación, en la que descubrí que ella podría ser ELLA, la mujer de mi vida. Quizá, pensaba entonces. Poco a poco fui descubriendo que ella había estudiado Historia del arte, que procedía de una familia humilde con severas dificultades económicas pero que gracias a las becas y a sus buenas notas había salido adelante. También supe que su padre tenía problemas con el alcohol, que su madre era una beata ultracatólica que no comprendía la homosexualidad de su hermano menor y que su hermano ya había intentado suicidarse un par de veces. No tardó en contarme que ella misma había estado tonteando con las drogas de diseño y que, de vez en cuando, se metía un par de viajes para tener buenas “vistas”.Compartimos un par de experiencias químicas y debo reconocer que quizá se trate del legado más interesante que me haya proporcionado una relación. Yo también meto de vez en cuando. ¡Llámame nostálgico! Es otro modo de reencontrarme con aquellos recuerdos.Todo iba viento en popa, parecíamos la pareja más feliz del barrio, pero entonces, contra todo pronóstico, todo se vino abajo. La tuvo que cagar así de miserablemente. Nunca se lo perdonaré. Ni a ella ni a I. ni a ninguna de las anteriores. Siempre acaban jodiéndolo todo.Malditas mujeres. No puedo soportar recordar lo que me hizo: me llamó por teléfono, quedamos al mediodía, antes de comer, y justo cuando le iba a plantar un beso me suelta: “te quiero”.

04/04/2013 12:38 davidov3 #. Mis escritos

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