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En el río pasan ahogados todos los espejos del pasado

Había una vez un centro educativo como los chorros del oro...

Había una vez un centro educativo como los chorros del oro...

Había una vez un centro educativo como los chorros del oro, siempre estaba todo ordenado y limpio, no había charcos en el patio ni ruidos en los pasillos.

Era un centro normal, con gente normal, pero estaba siempre implacablemente impoluto: ni un papel en el suelo, ni un botellín de plástico tirado por ahí...

Había una vez un centro educativo que funcionaba como un reloj, todo allí estaba perfectamente organizado y seguía un guión previo.

Los profesores no llegaban tarde, los alumnos tampoco.

Había una vez un centro educativo en el que no se veían empujones ni discusiones, no había protestas ni engaños, no había corrillos ni zancadillas.

Entonces terminó el verano, y con septiembre llegaron los alumnos, los profesores, los padres de los alumnos...

En este centro educativo era normal escuchar de vez en cuando algún ruido, empujones, risas o algún grito esporádico, incluso a veces algún insulto.

Si te fijabas mucho podías llegar a interrumpir conversaciones entre cirujanos, es decir, personas que destripaban lo que otras hacían. Pero eran todo sonidos efímeros, que con la presencia del recién llegado se evaporaban sin dejar rastro.

Había una vez un centro educativo en el que los alumnos aprendían muchas cosas, trabajaban en equipo, se comprometían con el mundo que les rodeaba y demostraban cierto interés por la cultura y la ciencia.

No eran alumnos de otro planeta: existían. 

Tenían sus problemas y atravesaban una edad compleja, pero con los estímulos necesarios podían afrontar grandes empresas.

Estos alumnos, guiados por ciertos profesores, llevaban a cabo todo tipo de actividades creativas, artísticas... Llenaban las paredes de dibujos y fotografías, de textos y recortes...

Había una vez un centro educativo en el que todo esto ocupaba su espacio y no molestaba a nadie, porque la gente entendía que una pared llena de papeles no es un basurero, sino el testimonio de algo estético que tuvo lugar y que, de algún modo, se pretende retener cierto tiempo.

Era un centro en el que las paredes tenían mucha información, uno podía pasarse horas leyendo cosas que muchísima gente había trabajado con sus alumnos.

Pero siempre hay personas a las que esto no les gusta, les molesta, porque ante todo valoran el que la limpieza y el orden veraniego no sea sólo propio de esa época.

Por eso estas personas atacan a quienes se resisten a jugar a la plastilina sin mancharse las manos, por eso estas personas se reúnen para reñir y criticar duramente la actitud de quienes ponen en peligro el equilibrio que ostentan.

Instar a tus invitados de Nochevieja a que cenen rápido para lavar, secar y recoger cuanto antes tu vajilla de bodas no es realmente disfrutar de una cena.

Por eso la belleza de las actividades que engrosan el pasado inmediato está condenada a perecer aún antes de lo necesario: porque cuando a uno lo llaman invasor de espacios sin tener en cuenta que es obra de los alumnos, entonces lo mejor es recogerlo todo y no mirar atrás.

Había una vez un centro educativo en el que todos valoraban el trabajo de los demás, entendiendo que un centro debe reflejar la belleza que a veces contiene.

Había una vez un centro educativo que funcionaba como un reloj, sin reloj.

Yo quiero que mi centro sea ese, ¿tú no?

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