Desde los años setenta una de las protagonistas de la noche de Portonovo, muy conocida, con glamour, un ambiente selecto y unas medidas de seguridad dignas del séquito papal en una visita pía a zonas problemáticas, ha sido esta magnífica discoteca: Canelas.
Lo de magnífica parece que ya le queda un poco grande, y justificaré en este artículo de opinión esta dura afirmación.
El pasado viernes 4 de diciembre, una chelista amiga mía (Rebeca Núñez) y yo fuimos contratados por una agencia de eventos artísticos para interpretar con nuestros dos violonchelos música house en un par de pases, con el motivo de la inauguración de esta vaca sagrada de la noche (que estuvo cerrada una temporada y volvía a abrir).
La cantidad estipulada para cada uno de los dos chelistas era de 110 euros (este dato, que tira por tierra todo glamour en un artículo, lo doy para que el lector tenga en consideración la "envergadura" del gasto), a cambio teníamos que tocar unos dos o tres pases de dos canciones cada uno. Me parece razonable. No sólo porque nos tiramos un motón de tiempo esperando para tocar unos minutos, sino porque el nivel del evento se correspondía con esa tarifa.
Como llegamos con cierto retraso (teníamos que llegar a eso de las once, ya que Rebeca salía de trabajar a las nueve y media pasadas y yo la recogía en Vigo para ir juntos a Portonovo, y como nos perdimos llegamos casi a las doce) no pudimos hacer las pruebas de sonido en condiciones, simplemente nos conectaron a los micros, los probamos y el técnico de sonido hizo lo que pudo (desde aquí se lo agradecemos mucho, en serio, hizo lo que pudo, aunque quizá la proporción entre los gastos de catering y técnicos de sonido se podrían haber redistribuido de otra forma más inteligente, invirtiendo en un personal más experto, aunque sin duda eso no luce tanto como los trocitos de sandía con cava).
El caso es que la discoteca abrió y en poco tiempo se llenó de gente, todos muy elegantes y con ganas de disfrutar de una noche de estreno. Los dos chelistas, acompañados por nuestros amigos (Kike y Romina), permanecimos ocultos en la sala de arriba mientras los/las gogós subían y bajaban, se cambiaban frenéticamente de ropa y entretenían con su habilidad, destreza y belleza a todos los que estaban abajo.
Cuando los dos chelos salimos a escena, sentados como dos esfinges en las escaleras de uno de los laterales de la discoteca, no se nos escuchaba nada de nada, ya que el sonido no estaba bien ajustado. Al acabar nuestra primera canción ("Human", del grupo The Killers) salimos de escena y nos llevaron otra vez al zulo, donde estuvimos esperando a ver qué pasaba. Si la primera actuación fue a la una y media de la madrugada (llegamos a las doce), la segunda intentona no llegaría hasta las cuatro, y la hicimos en una parte oculta de la discoteca. Por supuesto, la cantante también tuvo problemas para actuar (no sé si a ella le pagarían algo o también la intentaron putear).
El caso es que, tras comprobar que el sonido no iba, el dueño (un chico joven, alto, bien parecido, ostentosamente engalanado para la ocasión con esos zapatos que terminan en punta y ese pinganillo tan "pofesional" en el oído, dando órdenes y dirigiendo esta descomunal maquinaria de fabricar dinero) se dirigió a nosotros con ese tono paternalista, cínico, condescendiente, propio de quien quiere engañarte sin que hagas ruido para que no se note, y nos dijo: "chicos, lo siento mucho. No va a poder ser esta vez, para hacer algo a medias es mejor no hacerlo". Se despidió de nosotros y, justo cuando se iba, le pregunté yo: "perdona, entonces si no tocamos... ¿no nos vais a pagar?". Su semblante, antes sofisticado, elegante, altivo diría yo, se arrugó como un papel y en su cara se dibujó una mueca de enfado, de incredulidad. "No tenéis que hablar conmigo de esto sino con vuestra agencia que es quien os va a pagar. Yo pago a la agencia, ella a vosotros. Ya hablaré lo que considere oportuno con ella". Es decir, no nos quería pagar. Eso es lo que me rompe los esquemas: un empresario con un nivel subterráneo de ética y profesionalidad se niega a pagar a dos instrumentistas con estudios superiores y universitarios porque su propio técnico de sonido no cumplió con su cometido... No tiene sentido, pero está claro que aunque la mona se vista de seda mona se queda. Hay quien lleva una corbata tan larga que la arrastra.
Por supuesto, haciendo gala de una gran profesionalidad, la agencia nos pagó lo acordado porque estar estábamos donde debíamos. ¿Qué sentido tiene la noche? ¿con qué finalidad se utiliza la etiqueta en determinadas cuadras? ¿hasta qué punto no es un carnaval absurdo en el que se acepta pagar las copas a precios ibicencos cuando quien te las sirve (y sobre todo el jefote tuneado que chismorrea toda la noche por su walkietalkie con cara de chuck norris, sonriendo con cara de bobo a las chicas que desfilan por su discoteca) ni siquiera sabe si lo que te pone es ron de verdad o botellas preparadas para engañar a la clientela?
Canelas, has empezado con mal pie tu andadura en el siglo XXI. Te declaro la guerra y hago una llamada a los chelistas y demás músicos profesionales para que se nieguen a tocar ahí si no se les paga por adelantado. Menuda vergüenza de dueño, eso sí: si queréis pinchos alucinantes, sandías bonitas bien adornadas y toda la parafernalia que rodea a la farándula televisiva ese es el local. He dicho